domingo, 14 de julio de 2013

De la postmodernidad y sus conflictos.


El mundo que observamos hoy no es el mismo que concibieron nuestros bisabuelos, ni siquiera nuestros abuelos, va tan presuroso hacia su final. Encausado en un frenesí interminable hacia el hedonismo, un deseo fundamentado en la consecución de todo tipo de placer, enfocado en el poder acumular tanto de todo para poder darle valía a la existencia, para tener mucho de que sentirse orgulloso, algo valioso para ostentar frente a otros que en medio de su incansable delirio empujan presurosamente generando un movimiento denso, brusco y grotesco que intenta ahogar cualquier grito de cordura.

La postmodernidad es una era de la humanidad que ha transcurrido veloz y fuertemente, continua y cadenciosamente haciendo que la rutina de cada día tenga origen en alguno de sus postulados, nadie escapa de ella, ya sea porque algunos están tan profundamente inmersos como soñando un sueño insomne, etéreo, pero constante que sutilmente va echando raíces en lo más profundo del ser, allá en los orígenes del subconsciente, o sea porque otros tratan y tratan todos los días de luchar en contra de esta vertiginosa corriente que enmarca todos los escenarios de su cotidianidad; estos mismos son aquellos que prefieren ejercer el oficio de pensar, de cuestionar, de ser, ser eso que sus propios postulados han retado, eso que no es fácil de lograr debido a la presión que ejerce la inercia de las masas, las inevitables masas que pululan y circundan absolutamente todos los entornos, es verdad, ni un solo rincón ha quedado totalmente virgen, libre de la tal contaminación.

Aunque es muy cierto que dentro de ciertos espacios se puede estar a gusto porque a pesar de que el entorno ha manoseado sus extramuros, no ha podido, ni podrá nunca palpar su esencia. Ese lugar, ese espacio, ese momento, ese estado, ese escondite, o como cada cual decida llamarlo es todo lo que realmente posee, es todo lo que podrá darse a sí mismo y es lo que reflejará a los demás, es la una manera noble de criticar, de observar con mirada aguda y de asumir una posición frente a todo y hacerla respetar. No me refiero a la mera crítica de desaprobación sino la crítica que Marx formuló como teoría de la sociedad y Freud como metapsicología, esa que está caracterizada precisamente por el hecho de que da cabida en su conciencia al interés que guía el conocimiento y ciertamente a un interés emancipatorio que va por encima del interés cognoscitivo técnico y práctico como lo postula Habermas, se podría decir que el despertar de una conciencia o de varias podría ir más allá de generar más rupturas en las relaciones de los seres humanos que irónicamente están adheridos a la globalización, sino más bien a elevar el sentido personal y social de la humanidad, generar retos no solo de sobrevivencia sino de una trascendencia capaz de reactivar los deseos de una elevada conciencia frente al todo circundante, el respeto, respeto por sí mismo y respeto por cada uno de los elementos que nos han llevado a permanecer como los mayordomos del planeta.

Suelo pensar que las cosas no deben llegar al fin que está anunciado, suelo soñar con una existencia menos abrumadora y con un futuro mejor, suelo soñar con que el hombre podrá amar al otro como hermano, suelo soñar en un mundo de respeto en un lugar en donde la arrogancia, el poder y el dinero no consuma los razonamientos nobles. Esto no es lo que basta, no es suficiente para elevar la calidad de vida de una sociedad descompuesta, pero si es un comienzo individual para poder llegar a otras instancias en las que una a una se unen las conciencias y se pueden logran cambios radicales. Así lo parezca, no es una utopía… podemos seguir rigiendo la historia de la humanidad.


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