Hoy,
en un abril del siglo XXI, es escalofriante y abrumador saber que en Colombia
existen personas víctimas del secuestro que llevan más de 14 años en poder de
la guerrilla y que de muchos de los 400 secuestrados actuales no se tiene
certeza de su ubicación. Vergonzoso es reconocer que somos parte de una nación
en su mayor parte indolente ante este delito atroz y arrolladoramente
destructor.
No
es tiempo de preocuparnos por los muertos, ni por los que tienen un séquito de
abogados defendiéndoles, es tiempo de actuar a favor de los vivos, quienes no
tienen como defenderse y que solo cuentan con “la intención de un país y la
voluntad política del gobierno”. Dejemos de ser parte de las cortinas de humo
con que se envuelve cada vez más difusamente la realidad vivencial y no la
mediática, a un lado las "moditas" de las redes sociales y a despertar la
conciencia. Aunque para algunos ya pasó
“de moda”, es una verdad de a puño el hecho de que después de dos años de
conversaciones de paz aún hay en Colombia personas secuestradas, no solo
privadas de la libertad sino sometidas ante captores que son motores de guerra,
sobreviviendo en medio de terribles
circunstancias geográficas, alimentarias, climáticas, y de salubridad además de estar expuestos a todo tipo de
maltratos y daños emocionales irreversibles.
La
indolencia e indiferencia en las que el pueblo cae cuando no hay una
revolución mediática que lo “empuje”
hace que se desatiendan situaciones importantes y apremiantes. Nos urge
movilizarnos a favor de esas más de 400 víctimas del secuestro que aún no están
en sus casas, con sus familias, viviendo vidas dignas y de quienes no se tiene
certeza de que se encuentren con vida. Hay que exigir su libertad, hacer ruido,
manifestarse, congregarse a reclamar, proclamar y orar para lograr este
propósito.
En
estos tiempos, quienes tienen el poder político y legal no actúan con toda la
severidad necesaria, quienes tienen la voz popular a su favor no promueven la
movilización y exigencia de la libertad y quienes tenemos el poder de la fe no
elevamos ni siquiera una oración semanal por las víctimas; cuando nos limitamos
a dejar todo en manos de unos cuantos
que se han sentado a conversar, más allá que otra cosa, o a esperar milagros
sin haberlos gestado, estamos consintiendo el hecho y, peor aún, estamos extendiendo
el tiempo de la angustia de las personas secuestradas y ahondando el
sufrimiento de sus familiares.