viernes, 25 de abril de 2014

Testigos silenciosos del secuestro.

Hoy, en un abril del siglo XXI, es escalofriante y abrumador saber que en Colombia existen personas víctimas del secuestro que llevan más de 14 años en poder de la guerrilla y que de muchos de los 400 secuestrados actuales no se tiene certeza de su ubicación. Vergonzoso es reconocer que somos parte de una nación en su mayor parte indolente ante este delito atroz y arrolladoramente destructor.

No es tiempo de preocuparnos por los muertos, ni por los que tienen un séquito de abogados defendiéndoles, es tiempo de actuar a favor de los vivos, quienes no tienen como defenderse y que solo cuentan con “la intención de un país y la voluntad política del gobierno”. Dejemos de ser parte de las cortinas de humo con que se envuelve cada vez más difusamente la realidad vivencial y no la mediática, a un lado las "moditas" de las redes sociales y a despertar la conciencia.  Aunque para algunos ya pasó “de moda”, es una verdad de a puño el hecho de que después de dos años de conversaciones de paz aún hay en Colombia personas secuestradas, no solo privadas de la libertad sino sometidas ante captores que son motores de guerra, sobreviviendo en  medio de terribles circunstancias geográficas, alimentarias, climáticas, y de salubridad además de estar expuestos a todo tipo de maltratos y daños emocionales irreversibles.

La indolencia e indiferencia en las que el pueblo cae cuando no hay una revolución  mediática que lo “empuje” hace que se desatiendan situaciones importantes y apremiantes. Nos urge movilizarnos a favor de esas más de 400 víctimas del secuestro que aún no están en sus casas, con sus familias, viviendo vidas dignas y de quienes no se tiene certeza de que se encuentren con vida. Hay que exigir su libertad, hacer ruido, manifestarse, congregarse a reclamar, proclamar y orar para lograr este propósito.

En estos tiempos, quienes tienen el poder político y legal no actúan con toda la severidad necesaria, quienes tienen la voz popular a su favor no promueven la movilización y exigencia de la libertad y quienes tenemos el poder de la fe no elevamos ni siquiera una oración semanal por las víctimas; cuando nos limitamos a dejar todo en  manos de unos cuantos que se han sentado a conversar, más allá que otra cosa, o a esperar milagros sin haberlos gestado, estamos consintiendo el hecho y, peor aún, estamos extendiendo el tiempo de la angustia de las personas secuestradas y ahondando el sufrimiento de sus familiares.

No nos preocupemos por qué van hacer lo otros, sino por ¿qué voy a hacer yo?  Que la desidia no nos convierta en cómplices de este delito que tanto aborrecemos.

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